La Cueva

Thursday, June 15, 2006

-“Puta, si este es el infierno, el Diablo no tiene imaginación”.Sentado al otro lado de la cueva, Michael mira con desdeño al extraño que es su única compañía. “Hace cuanto estás aquí?”
-“Ah, finalmente has aceptado la situación”. Su tono era tan monótono como el reventar constante de las olas en las afueras de la cueva, y su vos profunda hacía eco en su propia garganta.
-“No que tenga otra opción o sí?, digo, talvez todo este tiempo has estado diciendo la verdad, así que es mejor que tratemos de averiguar en que estamos metidos para poder salir de este hueco”, escupía Michael sus frases con desdén.
-“No hay nada que se te puede ocurrir que yo no haya intentado antes. Cuando apareciste aquí, pensé que talvez eras mis substituto y que yo debía ser liberado. A decir verdad, esa posibilidad todavía la acaricio, con lo poco que queda de esperanza en mí; pero los días han pasado, te he visto morir un par de veces para amanecer aquí de nuevo a la mañana siguiente. Misma ropa, mismo rostro, sin un rasguño. Creo que compartimos un destino, nada más.”
El extraño dejo que sus palabras hicieran mella en su nuevo compañero mientras analizaba sus reacciones. Talvez una vez más se le iba a venir encima, y lo asfixiaría como lo había hecho un par de veces ya —no que el pusiera resistencia, no— de todas formas no importaba cual fuese la muerte-- si es que se puede matar a alguien que duda estar vivo-- siempre iba a amanecer con su cuello intacto, su corbata y saco puestos, recostado a la misma piedra en al que había amanecido desde el primer día en que llegó a la cueva, o al infierno, o al cielo, o al purgatorio. Hace tiempo ya que había decidido que este lugar podía ser cualquier de ellos, o bien ninguno.
Michael miraba sus ropas, intactas, a pesar de que habían pasado varios días ya, o al menos eso creía. No tenían las manchas de sangre que adornaban su camisa blanca antes de caer dormido ayer, llorando en el suelo frío de la cueva; tampoco las rasgaduras que había causado el día anterior cuando intentó arrancársela mientras gritaba desesperado. Cada mañana, el sabor a agua salada le despertaba --porque siempre amanecía en la misma posición, boca abajo en la cueva—y sus ropas estaban tan limpias como la noche en que fue a dormir en su cama, para amanecer aquí.
-“No me has dicho tu nombre”
-“No lo has preguntado. Creo que estabas demasiado ocupado tratando de sacar respuestas de mí a la fuerza, haciendo preguntas para las que no tengo nada lógico que responder. Cual es mi nombre? Bueno, esa si es una pregunta para la que tengo respuesta. Me llamo Sebastián. Soy ingeniero civil, o al menos eso era, no tengo esposa ni hijos. Sueno como a buen partido ¿no? , lástima que no hay ninguna chavala cerca a quien le pueda interesar”
-“Crees que estamos muertos?”, Michael sentía como un vació de horror llenaba su estómago.
-“Mi corazón late, si me corto sangro – como lo has podido comprobar—no creo que los muertos puedan hacer esas cosas”
-“Siento haberte golpeado, y bueno, siento haberte matado ayer, y anteayer”. Michael soltó una carcajada mientras lágrimas empezaban a humedecer sus ojos. “Escuchas lo que estoy diciendo Sebastián-- o quien putas seas-- escuchas lo que estoy diciendo por la gran puta?!?” Michael se llevó sus manos al rostro, sus uñas clavadas en su piel. Gotas pequeñas de sangre empezaban a bañar su cara desfigurada por el llanto.
Sebastián lo miraba con lástima desde el otro lado de la cueva. Lo entendía completamente. Toda la situación carecía de lógica alguna. O al menos carecía de la lógica que regía su mundo antes de amanecer aquí. El sol salía y se ocultaba en este lugar. Pero su cuerpo no envejecía. Sus heridas desaparecían al dormir o al revivir.

Al igual que Michael, cuando llegó a la cueva; había llorado, gritado, enloquecido. Una vez duró tres días sin dormir, esperando que si permanecía despierto esto terminase de alguna forma. Pero lo último que recordaba de esa vez, es amanecer de nuevo. Talvez se había vuelto loco, talvez se había quedado dormido, no importaba, porque al amanecer estaba tan cuerdo como el primer día.

-“Has tratado de nadar?” preguntaba Michael una vez retomada la compostura. Sin sus pastillas, no podía controlarse fácilmente, menos en este lugar sin sentido.
-“Un par de veces”, en una me deje hundir, nunca llegué a tocar fondo, a pesar de que estaba solo a unos metros de la playa. La otra vez nadé hasta que mis músculos no daban más. Es como si en todo este lugar solo existiera la cueva y su pequeña playa. Ni siquiera cuando me deje caer al fondo del mar vi alguna muestra de otra forma de vida. El agua es clara como si fuese tratada, pura. Ni una sola alga.
“Lo cual tampoco es importante, porque no es que te da hambre o sí?”, preguntaba Sebastián.
“No”, contestó Michael. “Y no tienes idea de como comía. Recuerdo que antes de acostarme a dormir, me comí un sándwich del tamaño de mi antebrazo. Me refiero, antes de acostarme a dormir y amanecer aquí, no antes de dormir estos otros días. Talvez todo esto es un sueño, y voy a despertar. Sí. Talvez fue ese puto sándwich que me comí, me cayó mal y por eso tengo pesadillas. Y tú debes de ser alguien que vi alguna vez. La mente trabaja así, sabías? Guarda recuerdos durante el día y los acomoda en la noche con los sueños. Ordenando tus pensamientos. Como me gustaría que pudiera despertar, y estar en mi cama, sudor frío bajando por mi frente. Y que el despertador marcara las dos o tres de la mañana”, decía Michael mientras miraba a Sebastián con una sonrisa de esas que solo se ven en los asilos, aquellas que asemejan mas una mueca de dolor que de satisfacción.
-“Te lo dije, nada de lo que se te pueda ocurrir no se me ha ocurrido antes. Todos esos pensamientos han pasado por mi cabeza, y aún sigo aquí. Te gustan los juegos de video, Michael?”, con la miraba perdida hacia las afueras de la cueva, Michael ya no ponía atención a lo que le estaba diciendo Sebastián. “Es como estar en un video juego. Llegas a una parte en la que el jefe de nivel se encuentra, tienes que vencerlo para pasar de nivel, pero te matan una y otra vez, y siempre empiezas de nuevo, con todas las armas, y todas las municiones, tu vida hasta el tope, y ahora tratas de vencer al jefe de alguna otra forma, porque todas las formas que trataste anteriormente no dieron resultado. Corres por otro pasadizo, le disparas y te escondes. Le tiras cohetes, y pum!!! En la que menos de das cuenta, te han matado otra vez.

“Estamos metidos en un video juego, todos los días he tratado de hacer las cosas mejor que el día anterior. Cosas que no se me habían ocurrido antes. Que ‘talvez nadando hasta encontrar tierra’, que ‘talvez si muero golpeando mi cabeza contra una roca’. Una y otra vez, volvemos al mismo nivel. Nuestro nivel se llama la cueva y en el estamos encerrados hasta que descubramos lo que sea que tenemos que descubrir para salir de aquí, hasta que encontremos el secreto para ganar el nivel. Y mientras lo hacemos, lo intentaremos una y otra vez, porque así son los juegos, y así son los jugadores, no te das por vencido, hasta que hayas vencido al jefe. Hasta que hayas probado lo bueno que eres. La única diferencia, es que este es el juego en donde no sabemos que reglas hay, no tenemos armas con que defendernos de nuestra soledad, no tenemos leyes de física que nos ayuden a resolver el acertijo del tiempo que para nosotros quedo congelado. Y lo peor de todo, es un juego para el que no nos han dado un librito de trucos. Pero así es la vida no? Por eso sé que estamos vivos. La vida después de la muerte, no puede ser más complicada que la vida misma. No, no sería lógico, a menos que el Dios que nos creó sea tan cruel como nosotros, y talvez las olas que revientan contra las rocas afuera de la cueva, sean sus crueles carcajadas. Y no suena tan loco, sabes Michael? Es acaso que no fuimos creados a su imagen y semejanza?”. Michael ahora lo miraba fijamente. Sus ojos gritaban la forma en la que se sentía: atrapado, desolado, furioso.
-“Crueldad?!. Yo puedo hablar de lo que es crueldad”, le gritó en respuesta Michael, “Crueldad es tu segundo nombre cuando has trabajado para los Ramírez desde que tenías diez. Ese soy yo, Michael Crueldad. Mato, violo, golpeo, amenazo, atemorizo. Y todos temen la crueldad, porque todos temen por su vida. Esto no es nada cruel, ‘amigo’. Aquí estamos sentados, y en estos últimos días, te he matado dos veces ya, me he suicidado una, y tú has estado en este juego más que yo. Aquí no hay que temer por el dolor físico, por las consecuencias de tus acciones, no tienes que temer por tu vida, porque sabes que si duermes, al despertar vas a estar aquí de nuevo, y todos tus pecados han sido borrados. Esto no es cruel, es una mierda, y estamos hundidos en ella. Si esto es obra de un Dios como dices, entonces esto no es una cueva, sino su ano.” Michael ríe a carcajadas. “Me entiendes, ‘amigo’? Estamos en el ano del Dios que nos parió”, termina gritando mientras su cuerpo de distorsiona con su risa compulsiva.

Sebastián lo mira con curiosidad. El sabe que Michael esta errado; porque los pecados no son perdonados. Al día siguiente tienes en memoria todo lo que has hecho, el recuerdo de ser asfixiado por un desconocido, el ardor en los pulmones cuando se quedan sin oxígeno bajo el agua salada. El dolor provocado por los golpes de tu cabeza contra la roca espinada. Todo queda guardado en tu memoria, tus maldiciones, tus bendiciones, como lloraste. Las heridas se borran al despertar, los recuerdos quedan. Así, el recuerdo del dolor y el daño, es el pago de tus pecados. Talvez este sí es el infierno, talvez esta es la forma de purgar por todo aquello que no hizo, porque Sebastián sabe que el nunca le hizo daño a alguien, pero tampoco hizo bien. Los recuerdos en la cueva son vivos, no son solo sombras, figuras desdibujadas por el olvido. Aquí todo es claro, como el agua del mar que los rodea. Sebastián recuerda todos esos momentos en que pudo hacer una diferencia, y no la hizo. Su timidez, su miedo a hacer cosas nuevas, cosas fuera de su zona de confort, le impedirían hacerle daño a alguien. Su madre le decía que era lo que debía y no debía de hacer, y el siempre siguió las órdenes, sin dar un paso más, sin correr el riesgo de tomar el camino incorrecto y echarlo todo a perder por una estúpida decisión. Ese era Sebastián, el perro fiel; el perro fiel de su madre; el perro fiel de su jefe. “Pero a la vez”, piensa, “esto no puede ser el infierno, porque no he hecho nada como lo que Michael dice haber hecho”. “Que es este lugar entonces?”

Michael ahora se encuentra en un frenesí. Esta hablando incoherencias y camina de un lado de la cueva al otro. Sale a la playa y le tira arena en la cara a Sebastián. El sabe lo que sigue a esto. Luego vendrá --como en las ocasiones anteriores-- y lo golpeará, y lo asfixiará con su corbata mientras Sebastián solo esperará a que todo pase, para luego amanecer de nuevo en la fría cueva. “No, no esta vez” Con disimulo agarra una piedra que esta a su lado, la misma piedra que ha estado a su lado cada mañana al despertar por lo que ahora parece una eternidad. Después de llevar cuatrocientos ochenta y tres, Sebastián dejo de contar los días que transcurrían en la cueva. Los gritos de Michael ya están mas cargados de rabia, sus puños sangran con los golpes que le ha atinado a las paredes de la cueva.

“Este es el momento”, piensa Sebastián, “ahora vendrá por mí, y me golpeará hasta matarme de nuevo. No, no esta vez.”

Sebastián se levanta, su puño hecho uno con la piedra. Se acerca a Michael por detrás sigilosamente, y lo golpea en el cráneo. El crujir que sigue es acompañado por una catarata de sangre. Michael se voltea, con un rostro atónito y con la mano en la cabeza inconcientemente puesta en donde recibió el golpe. La vuelve a ver. Roja, como muchas otras veces, pero con las sangre de otros. Nunca su sangre. Sebastián levanta la piedra otra vez, y otra vez. Punzadas de dolor y desesperación invaden a Michael, que con la pérdida repentina de sangre pierde fuerza en las piernas, y para su asombro, la piedra no deja de caer sobre su rostro, su cráneo. El dolor es inmenso, hasta que la noche llega a sus ojos.

El sonido de las olas reventando en la cueva es lo que hace a Michael despertar, al igual que todas estas mañanas. Michael se encuentra de nuevo boca abajo en la cueva. El sabor salado de las piedras del suelo en su boca. Luego recuerda el dolor, y la sangre.
Lentamente, con un temor que no había sentido antes, levanta su rostro en dirección a la piedra donde ha encontrado a Sebastián recostado cada día desde que llegó a este infierno. La roca esta ahí, la roca con la que fue golpeado brutalmente el día anterior. Sin una gota de sangre. Poco a poco se levanta, mirando hacia atrás furtivamente, en la espera de otro golpe. Pero los golpes no llegan, ni tampoco nada más. Michael está completamente solo. Nadie en la pequeña playa afuera de la cueva. Nadie dentro de ella. El reventar de las olas eran más fuertes de lo usual fuera de la cueva.