Era un día soleado. Descansaba luego de haber jugado unos cuantos minutos basketball con mis amigos; sin embargo, mi cuerpo me lo reclamaba como si hubiesen sido días. Miraba atento a uno de ellos contar una anécdota de su lugar de trabajo mientras yo estaba sentado en frente de él con las manos de lado, manteniendo el cuerpo anclado en equilibrio para que mi cabeza pesada no practicara caída libre hasta encontrar el suelo, fue entonces cuando el repentino flash de una cámara me tomó por sorpresa. Al volver a ver a mi derecha me encontré con la sonrisa traviesa de mi amiga, era la primera vez que me tomaba una foto sin que yo adquiriera pose de artista hollywoodense. El día paso sin mayor cambio y una semana con él.
Un día de visita en la casa de mi amiga, enseñándome las fotos de los últimos rollos que había revelado, me topo con la sorpresa de que la famosa foto infragantti estaba entre ellas. Al principio me sentí un poco extraño; no porque la foto fuese de perfil y mostrase una cara diferente a la que veo en el espejo todas las mañanas, ni tampoco por las acentuadas entradas que se disimulan al levantar un poco la cabeza cuando te estas mirando de frente, mucho menos por la leve papada que solo un perfil puede delatar. Lo extraño de la fotografía, era que aquel hombre distaba mucho de el que yo creía conocer. El hombre en la foto tenía la mirada de aquél que ha vivido; un hombre cuyas alegrías y sufrimientos han endurecido su pensar; pero han ablandado su corazón con tolerancia y entendimiento; el hombre de la fotografía semejaba a mi padre. Era el retrato de un hombre que resultaba extraño a aquella imagen que yo tenía de mí mismo: un jovenzuelo juguetón, que gustaba de hacer bromas a sus amigos y atacarlos con sarcasmo y cinismo. El hombre en la foto, diversaba mucho de alguien que va por la vida esperando que se arregle “algún día” por sí misma, viviendo día a día hasta ver que le presenta la fortuna. El hombre de la fotografía lucía lo suficientemente maduro, como para saber que esa etapa ya había pasado. Ese día, sentado en el sillón de la casa de mi amiga, me di cuenta de que el jovenzuelo que yo trataba de mantener atado a mí, debía irse para dar cabida el hombre de la fotografía, y dejar que fuera él quien tomara las decisiones de mi vida de ahora en adelante, decisiones basadas en su experiencia. Fue en ese preciso momento, que me di cuenta que había dejado de ser un joven juguetón, y me había convertido en un hombre.
Un día de visita en la casa de mi amiga, enseñándome las fotos de los últimos rollos que había revelado, me topo con la sorpresa de que la famosa foto infragantti estaba entre ellas. Al principio me sentí un poco extraño; no porque la foto fuese de perfil y mostrase una cara diferente a la que veo en el espejo todas las mañanas, ni tampoco por las acentuadas entradas que se disimulan al levantar un poco la cabeza cuando te estas mirando de frente, mucho menos por la leve papada que solo un perfil puede delatar. Lo extraño de la fotografía, era que aquel hombre distaba mucho de el que yo creía conocer. El hombre en la foto tenía la mirada de aquél que ha vivido; un hombre cuyas alegrías y sufrimientos han endurecido su pensar; pero han ablandado su corazón con tolerancia y entendimiento; el hombre de la fotografía semejaba a mi padre. Era el retrato de un hombre que resultaba extraño a aquella imagen que yo tenía de mí mismo: un jovenzuelo juguetón, que gustaba de hacer bromas a sus amigos y atacarlos con sarcasmo y cinismo. El hombre en la foto, diversaba mucho de alguien que va por la vida esperando que se arregle “algún día” por sí misma, viviendo día a día hasta ver que le presenta la fortuna. El hombre de la fotografía lucía lo suficientemente maduro, como para saber que esa etapa ya había pasado. Ese día, sentado en el sillón de la casa de mi amiga, me di cuenta de que el jovenzuelo que yo trataba de mantener atado a mí, debía irse para dar cabida el hombre de la fotografía, y dejar que fuera él quien tomara las decisiones de mi vida de ahora en adelante, decisiones basadas en su experiencia. Fue en ese preciso momento, que me di cuenta que había dejado de ser un joven juguetón, y me había convertido en un hombre.
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